sábado, 10 de noviembre de 2007

Roja sangre derramada por un amor infiel

La sangre corre por las ahora rojas ranuras conjuntoras de azulejos formando un sucio mosaico alrededor de mi pálido cuerpo, el cual sin pulso yace impasible contemplando el monótono y monotónico girar de las agujas del reloj cuyo tic-tac, tic-tac parece mofarse de las yagas de mi frío e inerte cuerpo.

La sucia habitación recordaba en pequeñas similitudes a la casa de la vieja de alguna película de Billy wilder, sólo que en esta casa era un cuchillo y no una pistola la que se hospedaba en el segundo cajón del dormitorio presidencial.
No había rastro ni indicio alguno de la histérica amante, cuya trémula mano dejó en tal estado a nuestro protagonista y primer narrador, salvo unas manchas de aceite dejadas por el coche en el sucio y descuidado garaje.

Es difícil creer que el homicidio fuese cometido hace a penas unas horas, pero así fue, o al menos así lo indican mis húmedas yagas o las todavía líquidas manchas de aceite dejadas por el phantom I negro cuya majestuosidad, sin haberse hecho hacer vista desde hace larga tiempo, fue utilizada con motivo de una cobarde y rastrera huida en el momento inmediatamente postrero al tercer navajazo clavado en mi espalda, el cual fue el que en mayor medida desgarró mi ahora muerta carne.

Odio

Desprecio, eso es lo que siento por la sucia sociedad. Siento desprecio por mí mismo al recordarme como parte de ella. Una náusea sube por mi esófago, desde mi estómago que sólo habla en mi nombre si la bilis llega a mis labios mezclándose con la saliva con la cual escupo sobre la sociedad y sobre mi mismo,duchándome con ensalivados jugos gástricos que solo se me podrán ser limpiados en algún patio del Hades. Soy mi sol, centro, epicentro, y circuncentro ; superior a todo lo que gira a mi entorno y todo gira entorno mío. Sol iluminado por sus propios rayos de luz que a su vez limpian a toda la mierda de mi entorno que Robert de Niro no pudo limpiar.

Una gran náusea clava mis rodillas en el suelo haciéndome postrarme hacia mi mismo en espera de una cura providencial, lluvia llamada Travis que no se atendrá a las marcas de sangre de cordero en las puertas de ningún hogar, o puede que toda la plaga que me rodea sea una plaga enviada por Gheová, o al menos así lo diría de ser cristiano o judío. Estos últimos al menos son suficientemente humildes de no comer cerdo, por lo menos no son canivalistas.

Sigo de rodillas, pues me vuelve la repetida e intermite náusea provocada por el conflicto de ser superior al grupo y formar parte de él, en un mundo en el que nadie me comprenderá.

Brillantes sobre mi penumbra

Yazco impasible mirando los brillantes que nos enluminan lo suficiente como para que media esfera abra la boca maravillados en su asombro por el blanco resplendor reluciente sobre nuestras pequeñas e insignificantes, diminutas e irrelevantes cabezas.

Sé que muchos individuos como yo permanecen entristecidos, o por añoranza videando el programa nocturno de Burgess mientras piensan en su amada y recuerda su bello rostro comparando los luceros con sus ojos, el resplandor celestial con el de su sonrisa y la triste (,y por lo tanto dulce) humedad de la noche con la de su lengua la cual nunca probastes y doy por seguro que nunca lo harás.

La tristeza llama a la tristeza y al recuerdo de la alegría para provocar mayor tristeza valiéndose de la añoranza.

Y aquí me hallo, humillandome ante la grandeza del replandeciente oscuro infinito, tomando a la inmensidad bovedal como único confidente y recordando a la amada la cual jamás sabrá nada de este momento ni de lo que siempre he sentido al pensar en ella.